Se arrodilla AMLO ante su pueblo.

-¿Quién dijo que los pobres no tenemos derecho a soñar? –preguntó a gritos Rosalía, una vendedora de enchiladas, instalada en uno de los circuitos viales de la Plancha del Zócalo.

– ¡Eeeeeeeehhh! ¡Sí se pudo, sí se pudo! ¡No que no, sí que sí, ya volvimos a salir! -Le respondían también con voz alta decenas de personas que llegaban al lugar desde temprano a presenciar un “día histórico para el país”.

– Mamá ¿a qué hora va a llegar el López Obrador? ¡Ya lo quiero ver! -preguntaba insistente Juanito, quien recién cumplió seis años y estudia el primer grado en una escuela en el municipio de Nezahualcóyotl, Estado de México.

-Todavía falta mi’jo, espérate tantito –respondió de inmediato su padre,  un valet parking que trabaja en el estacionamiento de una zona acaudalada de la Ciudad de México conocida como Polanco.

-Pero ¿a qué hora mamá? –insistía risueño, mientras su madre sacaba de entre su bolsa una botella de agua y él miraba asombrado y boquiabierto la radiante bandera monumental

-Ten Juan, toma agua porque aquí vamos a estar hasta la noche o ¿ya quieres tu torta, te la doy, ya tienes hambre?

-¿Sí va  a venir el López Obrador, mamá? –insistía el pequeño, quien parecía no cansarse de curiosear con la mirada los puestos ambulantes cercanos. Volteaba atónito cada vez que escuchaba los estruendosos pregones de los vendedores:

“¡Lleve su paraguas! ¡Llévese la playera, el recuerdo, la sombrilla, el llavero, la gorra, el mandil, su amlito de peluche, su taza, su pegote, su, su, su…!

Sus padres sonrieron amorosamente y lo abrazaron: “Tiene que venir mi’jo, tiene qué”. A penas eran las diez de la mañana.

Está más que conmovida: “pensé que no viviría esto, mi viejo ya no lo vio, pero ahora que ya me puedo morir tranquila, lo alcanzó y ya le contaré”.

-No diga eso señora, usted se ve fuerte y tiene que ver  los resultados de este cambio –le dijo un hombre que le ayudo a bajar la banqueta.

-Ja ja ja –rompió en carcajadas-  No hijo, eso ya está difícil, pero ya no importa, ya lo vi, ya viví mi sueño. Yo sigo a este señor  desde lo de los pozos petroleros de Tabasco, siempre tan arrojado; el desafuero, el fraude del 2006, tantas cosas que le han hecho y mi viejo y yo siempre apoyándolo.

Hace cuatro años murió su esposo Luis, un electricista de la hoy extinta Comisión de Luz y Fuerza del Centro; “se murió sin justicia, no cobró un quinto luego de su despido y a partir de ahí se vino pa’bajo mi viejito, tan luchón”.

La radiante mujer siguió su camino, saludaba a diestra y siniestra. Era como si conociera a todos y viceversa.

 

Grupo Fórmula

 

¡Presidente, presidente!

A las 11 de la mañana Andrés Manuel López Obrador se pondría la banda tricolor sobre su pecho -que no es bodega-  y protestaría como el presidente de México número 79, dato que a nadie le importaba; la Plaza de la Constitución estaba en otros artes y recibía desde muy temprano a sus más fieles seguidores, querían estar en primera fila, mirarlo de cerca, felicitarlo, abrazarlo.

El sillerío que se instaló frente al escenario estuvo reservado para diputados, senadores, invitados especiales,  y uno que otro escurridizo. Sobre los pasillos de las vallas metálicas caminaban hombres y mujeres vestidos de civil, visiblemente entrenados para aguantar largas jornadas bajo el sol, que –por cierto- brilló y ardió como en primavera o verano en pleno ocaso del otoño.

Elementos de la Secretaría de Seguridad Pública de la Ciudad, policías federales vestidos de civil, rescatistas de la Cruz Roja Mexicana, del Escuadrón de Rescates y Urgencias Médicas, escuchaban indicaciones por radio y caminaban por el ombligo de la inmensa plaza que ya estaba a la mitad de mortales esperando “el momento”.

 

Las dos pantallas gigantes instaladas a un costado del escenario se enlazaron con la cadena nacional y apareció la imagen de Enrique Peña Nieto, saliendo de su domicilio rumbo a la Cámara de Diputados y los gritos en el Zócalo brotaron sin represión alguna y todo tipo de vituperios salieron de las –para entonces- centenas de bocas.

Chiflidos, mentadas, consignas, acusaciones, reclamos furiosos y luego el silencio. Un silencio largo e incómodo que dio tiempo al recuerdo y a las maldiciones, los reproches; los 43, los muertos, los desaparecidos, la violencia, el desempleo, la corrupción, los lujos del poder. No eran promesas incumplidas por un gobernante más, eran los agravios cometidos e ignorados por el gobierno de ese hombre.

Pero llegó el turno de Andrés Manuel López Obrador, quien una noche antes había recibido el alto mando de las Fuerzas Armadas del país.

La pantalla proyectó la imagen del auto blanco en el que se transporta el político tabasqueño y los gritos de júbilo estallaron.

Grupo Fórmula
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Las banderas con su rostro y las cartulinas improvisadas se levantaron para darle la bienvenida a la que “debe ser la casa del pueblo”, la Cámara de Diputados.

La enorme plaza fue invadida otra vez por el silencio, mientras se observaba el ingreso de Peña Nieto y después López Obrador al Salón de Plenos.

Porfirio Muñoz Ledo, presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados dio las instrucciones para la protesta y la entrega de la banda presidencial. Todo el protocolo fue seguido detalle a detalle, a pesar de que el sol parecía achicharrar todo a su alcance. La gente aguantó.

El júbilo reventó la plaza cuando López Obrador recibió la banda y le fue colocada por un cadete del Colegio Militar y brotaron los genuinos gritos de “¡Presidente, presidente, presidente!

“Que alguien me pellizque”, dijo de repente una mujer que se limpiaba los ojos mientras agregaba: “es que se me metió el 2006 en la memoria”.

-Yo voté por él en el 2006, pero le hicieron fraude. Fui de las que voté en contra del plantón de Reforma, pero sí venía porque era por la lucha, con él aprendí eso –relata a la “bolita” de personas que se congregado en torno a ella.

– ¡Sí se pudo, sí se pudo! –gritaban regocijados mientras brincaban.

Familias enteras brincaron de gusto al verlo recibir la banda presidencial en la primera tribuna del país; llanto, felicidad, añoranza, la memoria colectiva presente; este día era diferente.

También había incrédulos, desconfiados; “¿Y si nos falla?”, ¡A ver si no sale como todos! ¡Más le vale que cumpla! ¡Sólo vine para que nadie me cuente! ¡Le doy el beneficio de la duda! ¡Pues a ver qué pasa con el país! ¡No me convence, pero ni hablar! Comentaron algunos desperdigados por la plaza del Zócalo.

 

Las “caras” de Peña

López Obrador inició su discurso ante el Congreso de la Unión conformado en su mayoría por legisladores de su partido, Movimiento Regeneración Nacional (Morena). Nadie se movió de su lugar, querían escucharlo todo “a pesar de la tatemada”.

Una maestra de la alcaldía Álvaro Obregón tenía que irse pronto, su padre estaba en el hospital, recuperándose de una cirugía; sonaba y sonaba su teléfono.

-¿Bueno? –respondió en un susurro- Ya voy, no tardo, dile a mi papá que estoy en el zócalo que “El Peje” ya es Presidente.

Como explicando la interrupción detalló: “es el gallo de mi papá, así que lo va a entender. El anduvo con él en todos sus movimientos”. Y sin esperar respuesta de los que la escucharon volvió su atención  a la pantalla.

La gente reaccionaba con repudio ante ciertas palabras y frases clave pronunciadas por el ahora Presidente en su discurso: corrupción, política neoliberal, impunidad, violencia, pobreza, verdad, justicia y contaron hasta 43 para recordar a los jóvenes de Ayotzinapa.

“Mira la cara de Peña”, dijo un joven a su padre que se cubría con una sombrilla grabada con la imagen de “Amlito”, famosa imagen creada por el caricaturista José Hernández.

“Ese pobre ya no sabe dónde meterse”, “Se ve incómodo”, “Mejor se hubiera ido”, “Qué bueno que le digan las cosas en su cara”, “Peña, qué bueno que ya te vas”, fueron algunos de los comentarios lanzados al aire, ante la reacción del hoy expresidente emanado de las filas del PRI.

 

La espera y los cuatro rumbos

Cuando el presidente llegó al Palacio Nacional se generó una gran expectativa sobre si saldría al balcón presidencial o ya saldría al Zócalo, pero la actriz Jesusa Rodríguez quien desde el desafuero ha fungido como maestra de ceremonias de los actos de López Obrador en la Plaza de la Constitución pidió a los que esperaban bajo el sol, que tomaran previsiones pues el acto “iba para largo”.

Muchos aprovecharon para ir a comer algo, tomar agua, buscar un sanitario, protegerse del sol, pero muchos otros no quisieron perder su lugar “privilegiado” y esperaron. No faltaron los desmayados y los enfermos del estómago que fueron atendidos por los paramédicos de la Cruz Roja.

Fue hasta las 17:00 horas que López Obrador salió del Palacio Nacional acompañado de su esposa Beatriz Gutiérrez Müller rumbo al enorme templete, no sin antes saludar a algunos que lo esperaban aislados por la vallas metálicas; abrazo a algunos, a otros les besó la mano y a otros les dedicó palabras inaudibles entre tantos gritos.

Subió al estrado acompañado de quienes se dijeron representantes de 68 pueblos indígenas y comenzó una ceremonia que regularmente se realiza en privado por tratarse de una “purificación del espíritu”, aunque en esta ocasión se trató de una ceremonia pública para “limpiar” la investidura presidencial”.

La ceremonia de la entrega de bastón de mando, que se realiza de acuerdo con la tradición de cada pueblo, comenzó con la purificación del presidente y su esposa, quienes siguieron las instrucciones de los anfitriones de ritual, realizado en el templete en donde se instaló una ofrenda con flores e incienso.

Miles de personas seguían atentas el desarrollo desde las pantallas y observaban atentas la figura del hombre por el que votaron hace apenas cuatro meses.

Recuerdos iban y venían; el plantón de Reforma, las tarjetas de Soriana. “Tenía fe en que este día histórico llegaría”,  comentó un hombre mayor a su hijo quien lo abrazaba emocionado.

-¿Quién iba a decir? ¿Te acuerdas, cuando estabas chiquito que veníamos a las asambleas en el 2006? -preguntó el anciano a su hijo casi a punto del llanto

-Sí, papá, tenía diez años, me acuerdo que casi me obligabas y ahora estamos aquí otra vez -respondió emocionado.

De pronto el silencio y comenzó el saludo a los cuatro puntos cardinales. Miles de personas se rindieron y repitieron una plegaria dirigida al corazón de la tierra, del agua, del aire y el fuego y le pidieron por liberar y purificar al nuevo presidente del país,

Siguiendo una de las tradiciones de los pueblos indígenas, decenas de miles de mexicanos en el zócalo levantaron los brazos al aire.

Poco antes de recibir ese bastón de mando, una pareja de indígenas se hincó ante él y -en lengua hñähñu- el hombre le dio la bienvenida con la emoción desbordada y la voz quebrada y la reacción del presidente fue inesperada. Con cierta dificultad se hincó y recibió un crucifijo de madera decorado con flores amarillas.

El silencio se rompió sólo por el sonido que deja la sorpresa y la emoción. Muchos de los que veían atónitos la imagen se dejaron seducir y soltaron en llanto; nunca antes habían visto que un mandatario se hincara ante su pueblo.

“No sé quienes sean esos señores indígenas, pero yo vengo de un pueblo de Guerrero y conozco como es esa ceremonia. Me da emoción porque nunca un presidente se había hincado ante un indígena, venga de dónde venga, sea de donde sea y sea cual sea su causa, eso ya es muy fuerte”, comento Hilda Orozco, profesora indígena de la Costa Chica de ese estado.

Con todo y su análisis sobre que la diversidad de los pueblos es tan vasta como sus representantes, una lágrima discreta asomó por su ojo derecho, miró al cielo y sólo atinó a comentar a su acompañante: “nunca antes un presidente se hincaba en cadena nacional y éste ya dijo que lo hará donde lo haga el pueblo, ahora que cumpla”.

Grupo Formula.

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