MONARQUÍA BRITÁNICA VS. MONARQUÍA MEXICANA

Eduardo de Jesús Castellanos Hernández

 

El sábado 6 de mayo de 2023 pasado -desde la madrugada, hora de México- la nobleza y los súbditos británicos -incluido el arzobispo de Canterbury- nos regalaron a los televidentes del resto del mundo una versión actualizada del cuento de hadas de la coronación de un rey y de una reina. Tiene, además, la ventaja -y de alguna manera la seguridad, para los efectos que se ofrezcan- de que ese señor que trabaja de rey en Londres tenía muchos años preparándose para este momento de la coronación que, cómodamente instalados en nuestras casas, vimos por televisión y que podemos volver a disfrutar por YouTube cuando gustemos hacerlo -les aseguro que se puede conciliar el sueño muy a gusto observando esas escenas-. Creo que es algo que debemos de agradecer, aunque no podemos dejar de darle contexto para su mejor comprensión y disfrute. 

 

No sé si a usted también, pero a mí me distrajo un buen rato y me divirtió bastante ver a los ingleses muy contentos vestidos con los colores de su bandera o con capas de rey o de reina, con su respectiva corona, circulando por las calles alrededor del Parlamento, a la orilla del río Támesis, con sus niños a las espaldas saludando optimistas al mundo a través de las cámaras de televisión y con los aviones volando arriba del palacio de los reyes. No tengo la menor duda de que la coronación fue un evento preparado con varios meses de anticipación, pero la verdad es que les salió muy bien. 

 

Nada más eso de escoger los caballos y a los caballerangos que condujeron las dos carrozas que utilizaron los reyes -una de ida y otra de vuelta- desde su palacio rumbo a la abadía de Westminster y de regreso, desde luego que tiene su chiste. No se diga el orden con que los policías dirigieron a toda la gente que acudió a vitorear al rey y a la reina cuando salieron al balcón del palacio de Buckingham -al grado de que, como en las obras de teatro, tuvieron que salir, aunque fuese brevemente, una segunda vez al balcón a recibir la ovación del respetable-. Fue un trabajo de planeación y de logística que sin duda les salió muy bien, reitero, aunque les haya costado a los contribuyentes cien millones de libras esterlinas -pero que les va a reportar cuatro veces más con la derrama económica derivada de la fiesta que armaron-.

 

Porque mire usted, eso de que entre tanto gentío el príncipe Harry o el exprimer ministro Tony Blair -y los demás que tuvieron la misma chamba y que todavía viven; espero que hayan invitado a todos hasta la que solo duró unos cuantos días en el cargo- esperen a la salida de la abadía y luego, en unos pocos minutos, lleguen el coche y el chofer a recogerlos -y todo frente a las cámaras de televisión-, hay que reconocer que no es tan fácil y que requiere de una buena preparación y logística -pues ninguno se vio que luego entrara al metro jalando su capa y portando sus medallas para regresar a su casa o que llegaran a recogerlo en un vochito-. 

 

Por ejemplo, había que prever dónde estacionar los coches y cómo hacerlos llegar de manera ordenada y a tiempo hasta la puerta de la abadía. Es cierto que ahora hay teléfonos móviles, lo que ayuda bastante, pero no es suficiente -nada más organice usted un bautizo, primera comunión, fiesta de quince años o boda, y que le salga bien, para ver que no resulta tan fácil; pues siempre habrá algo que no les gustó y que platicarán después sus invitados-. 

 

Antes, pero mucho antes, uno de los reyes de ese antiguo gran imperio acostumbraba sacrificar a sus esposas -es decir, cortarles la cabeza- por diferentes razones ciertas o inventadas; incluso rompió relaciones con el Papa -sumo pontífice de la Iglesia Católica y jefe entonces de poderosos ejércitos- para fundar su propia iglesia y poder casarse -por la iglesia, obviamente, pues entonces no había registros civiles- con nuevas esposas. Estoy seguro de que este nuevo rey no podrá hacer lo mismo -no me refiero a divorciarse, pues esa costumbre sí ya la adquirió, sino a mandar cortarle la cabeza a la reina, aunque a veces pueda tener ganas-.

 

El rey y la reina que fueron coronados la semana pasada, en una historia más terrenal y de nuestros días, antes de casarse estuvieron casados con otras parejas que han tenido diferentes destinos; algo que ahora se ha vuelto muy normal -lo peor de esa historia fue la muerte trágica de la princesa Diana en un accidente de tránsito en París-. Desde luego que el chisme de su amasiato -porque ambos fueron infieles-, previo a su boda, fue un chisme de escala planetaria y del que sobran detalles -a lo mejor por eso dejó de ser chisme para convertirse nada más en una noticia mundial-. 

 

Ya sabemos que, aunque tiene mucho dinero, muchas prestaciones pagadas por los contribuyentes -nada más ciento ocho millones de dólares anuales y dieciocho castillos, haciendas y casas de campo-, mucha visibilidad y mucha influencia -sea ésta por la curiosidad o por la envidia que causa a algunos su forma de vida, que a otros más solo les causa admiración-, el rey de los británicos reina, pero no gobierna. Para esto están el primer ministro y el gabinete y el parlamento y los partidos políticos y los sindicatos y las organizaciones empresariales y la iglesia anglicana y todo lo que usted quiera. 

 

Todo lo anterior a diferencia de lo que sucede en repúblicas que se dicen democráticas como la nuestra, donde el señor presidente reina y gobierna; de hecho, solo le falta la corona para ser rey -pero de a deveras, no como el de los británicos-. Pues el señor presidente es el único titular del supremo poder ejecutivo federal. Aquí no hay ni primer ministro ni gabinete, pues el señor presidente puede nombrar a los secretarios de Estado -con excepción de algunos a quienes tiene que ratificar su mayoría parlamentaria-, y también puede removerlos libremente sin tener que andar dando explicaciones. 

 

Además, es líder natural del partido gobernante, donde desde luego es el único que manda o el que dice la última palabra; si tiene mayoría en el parlamento -como ahora ha vuelto a suceder-, es el que manda en el parlamento. Por lo mismo, puede nombrar a su sucesor y a los ejecutivos locales, sea mediante el “dedazo” -como se le llamaba antes- o sea mediante “encuesta” -como se le llama ahora al “dedazo”-.

 

Debo reconocer, o al menos suponer, que el trabajo de señor presidente de este país debe ser más ajetreado que el de rey del Imperio Británico. Para conocer a sus súbditos que trabajan de militares, el señor que ahora es rey durante un tiempo trabajó de soldado -igual que su papá-. El señor presidente de México, en cambio, aunque no los conociera desde antes mejor les da a los militares nuevas funciones que no están previstas en la Constitución, pero que tienen jugosas partidas presupuestales que los soldados de la patria pueden ejercer sin tener que rendir cuentas, gracias al sagrado principio de seguridad nacional; supongo que así los tiene muy contentos y dispuestos a emprender las acciones que se pudieran ofrecer.

 

Ciertamente, el señor que ahora trabaja de rey del Imperio Británico tiene que lidiar con las élites locales de algunas de sus antiguas colonias que todavía son países miembros de la Commonwealth en los cuales él es el jefe de Estado -aunque ya nada más sean quince países-; pero que tienen muchas ganas de volverse repúblicas para que sus élites nativas se peleen por la presidencia, aunque tengan que desangrar al país solo para llegar a convertirse en dictaduras bananeras como las de Castro en Cuba, Chávez y Maduro en Venezuela u Ortega en Nicaragua -Antigua y Barbuda, y también Jamaica, andan con esas ganas; aunque, más lejos de esas malas influencias latinoamericanas, Escocia e Irlanda del Norte también-. La verdad es que, como dice el dicho, nadie sabe el bien que tiene hasta que lo ve perdido.

 

El señor que trabaja de rey no creo que tenga que andar pasándoles la charola a los grandes empresarios de su país para que compren boletos de la rifa de un avión, sabedores éstos de que si no son dadivosos no recibirán nuevos contratos de obras y servicios públicos -aunque después no rife nada y malbarate el avión-. El rey de los británicos, en cambio, solo tiene que invitarlos de vez en cuando a su palacio -sin tener que darles tamales de chipilín- y, si aportan muchas contribuciones al fisco, a lo mejor hasta les ofrece un título de nobleza para que sigan invirtiendo -no sea que luego se lo devuelvan como le hicieron los Beatles a la mamá del rey actual-. Tampoco creo que el rey se atreva a dar conferencias de prensa de tres horas todas las mañanas -su mamá, doña Isabel, jamás, ni siquiera entrevistas “banqueteras”; pero eso sí salió en una película con James Bond (y la princesa Diana se dio el gusto de bailar con John Travolta)-.

 

El señor presidente mexicano, por su parte, desde luego que no encabeza a la iglesia mexicana. Aunque sí tiene el cuidado, al menos el actual, de contemporizar con algunas agrupaciones religiosas a las que a lo mejor ya hasta ha invitado para que se constituyan como asociaciones políticas; por aquello de lo que sea necesario más adelante -sobre todo si es que en una de esas se requieren nuevos partidos políticos de los que algunos llaman “satélites”-.

 

Pero debo reconocer que, a diferencia del rey que acaban de coronar, el señor presidente de nuestra flamante república sí tiene que andar cuidando quién lo va a suceder en el cargo -aunque no deje de jugar con la idea de que a lo mejor en una de esas puede seguir sacrificándose por la patria, y, desde luego, tras bambalinas o ni eso ejercer su Maximato-; si bien solo sea para evitar tener que rendir cuentas de las cuentas que no salgan bien, y estar seguro de que quien le suceda esté dispuesto a guardar cuidadosamente todo lo que descubra o encuentre sin necesidad de buscar. Ahí sí el rey británico tiene menos problema pues la línea sucesoria está bien definida entre sus hijos y sus nietos -aunque uno de los hijos le salió bastante respondón y malcriado-.

 

Éstas son algunas diferencias entre el sistema parlamentario y el sistema presidencialista -aunque el costo de la fiesta del sábado no varíe mucho de lo que cuestan las que de vez en cuando se organizan para apoyar al señor presidente, pero sin que este dinero se pueda recuperar- o, dicho de otra forma, entre una monarquía parlamentaria democrática consolidada y una república presidencialista que simula ser democrática, y que enfrenta una fatal o posible regresión de lo poco de democracia que hasta ahora había alcanzado.

 

La diferencia entre fatalidad o posibilidad -me parece, pero quién sabe usted qué opine- se encuentra en función de los resultados de las elecciones presidenciales y legislativas y de gobernadores y de presidentes municipales y de diputados locales que se llevarán a cabo en 2024; con el antecedente inmediato y premonitorio de lo que suceda en las elecciones locales de este año 2023, en Coahuila y el Estado de México.

 

El régimen presidencialista monárquico que acabo de describir tiene como alternativa el gobierno de coalición, para lograr un cambio estructural en el régimen político. Pero de eso espero poder platicar la semana próxima algo más de lo que ya antes he escrito al respecto.

 

Ciudad de México, 8 de mayo de 2023.

Eduardo de Jesús Castellanos Hernández.

Profesor e Investigador. Doctor en Estudios Políticos (Francia) y doctor en Derecho (México). Posdoctorado en Control Parlamentario y Políticas Públicas (España) y en Regímenes Políticos Comparados (EUA). Autor de libros de Derecho Público, Privado y Social; Administración Pública y Ciencia Política; sus libros se encuentran en librerías, en Amazon y en Mercado Libre. Las recopilaciones de sus artículos semanales anuales están publicadas y a la venta en Amazon. Esta semana aparecerá la compilación más reciente bajo el título Puro Choro Mareador.

  

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