Matar al mensajero: un grave error de cálculo político  que multiplica exponencialmente el mensaje a callar

DETRÁS DE LA NOTICIA

Alfredo MARTÍNEZ DE AGUILAR

 

* Atacar, desacreditar, perseguir o silenciar a quien comunica una noticia incómoda no modifica un solo hecho. La realidad permanece. El problema permanece. La denuncia permanece. Y, sobre todo, permanece la pregunta que el poder pretende evitar. El mensajero no es la noticia.
* Un intento de censura puede convertir una denuncia local en un asunto nacional; una amenaza puede transformarse en indignación; un ataque puede convertir al periodista en símbolo y multiplicar exponencialmente el alcance del mensaje que se pretendía sepultar.

“Nadie ama —y muchos odian— al mensajero que trae malas noticias.” Pero convertir esa vieja sentencia en estrategia de gobierno, de poder o de control político constituye un grave error de cálculo: destruir al mensajero no destruye el mensaje; por el contrario, puede multiplicarlo exponencialmente.

 

Atacar, desacreditar, perseguir o silenciar a quien comunica una noticia incómoda no modifica un solo hecho. La realidad permanece. El problema permanece. La denuncia permanece. Y, sobre todo, permanece la pregunta que el poder pretende evitar. El mensajero no es la noticia.

 

Un periodista que documenta corrupción no crea la corrupción. Quien denuncia una injusticia no la provoca. El trabajador que advierte una irregularidad no es responsable de ella. El ciudadano que exhibe un abuso no genera el abuso. Confundir al intermediario con el problema es una falacia y, políticamente, una peligrosa miopía.

 

Quien intenta “matar al mensajero” suele creer que, eliminando la voz incómoda, desaparecerá también aquello que esa voz señala. Es exactamente al revés. En la era de las redes sociales, la información ya no depende de una sola persona, de una redacción o de un medio. Un intento de censura puede convertir una denuncia local en un asunto nacional; una amenaza puede transformarse en indignación; un ataque puede convertir al periodista en símbolo y multiplicar exponencialmente el alcance del mensaje que se pretendía sepultar.

 

El silencio impuesto no significa que haya desaparecido la verdad. Significa que alguien tuvo miedo de enfrentarla.

 

Por eso, atacar al mensajero puede producir exactamente el efecto contrario al buscado. Genera solidaridad, despierta sospechas, provoca preguntas y coloca bajo el reflector aquello que se pretendía mantener en la oscuridad.

 

Hay, además, una consecuencia todavía más grave: el miedo.

 

Cuando periodistas, empleados públicos, ciudadanos, denunciantes o críticos observan que decir la verdad puede traer represalias, algunos optan por callar. No porque el problema haya sido resuelto, sino porque el costo de denunciarlo parece demasiado alto. Así se construye una cultura de silencio en la que la autocensura termina sustituyendo al debate público.

 

Y cuando una sociedad comienza a callar por miedo, el problema deja de ser individual. Se convierte en un problema democrático.

 

El verdadero cálculo político debería ser exactamente el contrario: escuchar al mensajero, verificar los hechos y corregir aquello que está mal. Si la denuncia es falsa, se demuestra con pruebas. Si es cierta, se corrige el problema. Si existe corrupción, se investiga. Si existe abuso, se sanciona. Si existe una injusticia, se repara.

 

Pero perseguir a quien revela el problema sin resolver el problema es apenas una operación cosmética. El poder inteligente no mata al mensajero: atiende el mensaje.

 

Porque la historia demuestra que las verdades incómodas pueden ser reprimidas temporalmente, pero difícilmente pueden ser eliminadas. Y en tiempos de comunicación instantánea, intentar silenciarlas puede ser el peor error estratégico.

 

Al final, la pregunta inevitable no es quién habló. La pregunta es: ¿por qué resultó tan incómodo lo que dijo? Ahí comienza el verdadero problema. Y ahí también comienza el verdadero mensaje.

 

alfredo_daguilar@hotmail.com

director@revista-mujeres.com

@efektoaguila

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