Dónde jugarán las niñas.

Sergio Ricardo Hernández Mancilla*

Twitter: @SergioRicardoHM

 

Dónde jugarán las niñas.

 

Hace poco se abrió un debate en redes sociales por el 23 aniversario del lanzamiento del disco emblemático de Molotov, “Dónde jugarán las niñas” (nombre que parodia a Maná con su álbum “Dónde jugarán los niños”). 

Al parecer la discusión surgió después de que un tuitero cuestionara qué pasaría si ese mismo CD se hubiera publicado hoy en día.  

 

El disco tiene 12 canciones bastante controvertidas, por decir lo menos, y en la portada una foto de quien pareciera ser una estudiante de secundaria o prepa quitándose la ropa interior en un coche (ya ha sido aclarado que la protagonista que posó para la foto era mayor de edad y sí tenía ropa interior).

 

Se armó la discusión.

 

Digamos que uno de los extremos acusaba que no sólo ese material, sino la gran mayoría de sus canciones, tienen un discurso ofensivo, misógino y discriminatorio.

Es cierto.

Como consecuencia se organizó una especie de complot -que conocemos popularmente como “cancelar” a algo o a alguien- para dejar de consumir y difundir ese disco y muchos otros contenidos de Molotov y no fomentar y normalizar sus mensajes y conductas.

 

En el otro extremo están quienes lo justifican argumentando que es un álbum de protesta y crítica al sistema político mexicano.

También es cierto. 

Tiene canciones con mensajes políticos duros y contestatarios como “Gimme the power”, que critica al sistema político en general, “Voto Latino”, que expone, entre otras cosas, el racismo contra los mexicanos en Estados Unidos o “Que no te haga bobo Jacobo”, que denuncia de manera directa la manipulación de los grandes medios de comunicación.

Pero también incluye canciones que -independientemente de si la música es buena o no-  no expresan más que comportamientos denigrantes, homofóbicos y misóginos, como “Puto”, “Mátate Teté”, “Cerdo” y “ Perra arrabalera”.

 

Es cierto que los mensajes disruptivos fueron parte de un movimiento latinoamericano que rompía los paradigmas de la música comercial; lo que antes solo se podía decir en ciertos espacios independientes y alternativos, en lo oscurito, ahora se decía abiertamente incluso en la radio y la tele. Pero los límites no rebasaron sólo lo político; su contenido políticamente incorrecto era no solo contra el sistema, sino contra las mujeres, los homosexuales y tantos otros grupos sociales. 

En ese momento el intento de veto vino principalmente de grupos conservadores y de poder. Hoy viene principalmente de jóvenes y movimientos progresistas. 

 

Los movimientos sociales y artísticos deben ser analizados en su justo contexto y momento de la historia. No podemos juzgar el arte de hace décadas con los criterios de hoy. Quizá lo que en ese momento nos atraía por irreverente a otras generaciones hoy no les parece más que denigrante. Es lógico. No hay que caer en peyorativos y calificaciones simplistas como llamar  “generación de cristal” a quien lo califica de ofensivo; es innegable que muchos de los mensajes de Molotov fueron violentos y fomentaron conductas de las que a la fecha no podemos deshacernos. 

  

La música es también un reflejo de la sociedad y los procesos sociales. Me atrevo a asegurar que la violencia, la homofobia y la misoginia influyen en la música mucho más de lo que la música lo hace en ellos. Es decir: si hoy se escuchan narcocorridos es porque vivimos en un Estado violento tomado por grupos delictivos que controlan territorios completos y fomentan su estilo de vida como un modelo aspiracional para miles de personas. La violencia influye en la música mucho más de lo que la música influye en la violencia. Si seguimos escuchando canciones misóginas es porque nuestro país sigue siendo brutalmente misógino. 

 

¿Cuántos intentos hemos visto para cancelar o vetar al reguetón por sus letras que no hacen más que cosificar y sexualizar a las mujeres? 

Sin embargo, ahí está, más vigente que nunca. Igual que el machismo. Igual que la violencia de género. 

La música solo está reflejando lo que somos como sociedad y los intentos por cambiarla están reflejando lo que queremos ser. 

 

Por más que nos pegue en la adolescencia (me incluyo como un fuerte consumidor de Molotov), no debemos escandalizarnos cuando se critican sus contenidos. Hay razones de sobra. 

 

Por otra parte, también tenemos que ser conscientes de que podemos liquidar a un grupo o a todo un género sin resolver el problema de fondo.

Cancelar un disco completo puede ser una victoria temporal contra el fomento de los antivalores, pero puede terminar siendo engañoso y superficial.  La cultura de la “cancelación” puede ser un ejercicio eficiente para visibilizar el problema, pero no debemos confundirlo con el objetivo final.

 

En fin. Es importante que lo estemos discutiendo. 

 

El paso del chapulín.

 

La pandemia no da tregua y llevamos más de 45 mil muertes. La economía no ve la luz.  El huracán Hanna causó fuertes estragos en el norte del país. Pero al presidente le preocupa más el desfile del 16 de septiembre; le resulta imposible dejar pasar la oportunidad de volver a ver el zócalo desde el balcón del Palacio Nacional. Para eso luchó tantos años. 

Hay prioridades. 

 

(*) Politólogo y consultor político. Socio de El Instituto, Comunicación Estratégica. Desde hace 10 años ha asesorado a gobiernos, partidos y candidatos en américa latina.

 

30 de julio del 2020. 

 

Sé el primero en comentar

Déjanos un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.


*