Colectivo por México: nuevo nombre, vieja política

Por César Morales Oyarvide

@moralesoyarvide

Con más pena que gloria, hace unos días se presentó una nueva versión del frente anti-lopezobradorista de cara a las elecciones de 2024: el “Colectivo por México”.

Si en términos de incidencia política el evento de lanzamiento fue un fracaso, en cuestión de comunicación fue un desastre. Luego de varios meses de reuniones preparativas, la iniciativa hizo aguas casi al tiempo en el que formalmente nacía: uno de los frontmen de su cartel, Cuauhtémoc Cárdenas, no asistió. La prueba más palpable de este naufragio fue que, durante la semana de su lanzamiento, la nota en la prensa fue la ausencia de Cárdenas, que a última hora se deslindó del proyecto, las declaraciones del propio presidente López Obrador al respecto y el conflicto que existe entre ambos. Prácticamente nadie discutió el documento planteado como su “punto de partida”.

Al evento en el Polyforum Siqueiros acudieron los sospechosos habituales –políticos de los mismos partidos, exfuncionarios de los mismos gobiernos— y se presentó prácticamente la misma agenda de “gran rechazo” que caracteriza a la oposición desde 2018. El caso tiene, sin embargo, interés. Y es que el “Colectivo por México” representa como pocos los problemas de una vieja forma de hacer política que, pese a ser incapaz de leer las (ya no tan) nuevas circunstancias, se resiste a desaparecer.

Pese al esfuerzo por dar la apariencia de novedad –un formato estilo TED Talk, un nombre que parece de un grupo de nepo-babies artistas de la Roma— la marca de la iniciativa es su anacronismo.

Esto se nota, en primer lugar, en sus promotores. La primera plana de este colectivo está formada por políticos de la vieja guardia del PRI, PAN y PRD. Si acaso, el rasgo distintivo del Colectivo por México frente a otras iniciativas de la oposición es su carácter marcadamente gerontocrático: su auspiciador es Dante Delgado y sus oradores más visibles José Narro y Francisco Labastida. No hay que caer en el edadismo para encontrar inquietante que, en un país mayormente formado por jóvenes y mujeres, quienes tengan reflectores para proponer “nuevos rumbos” al país sean en su mayoría señores de 70 y 80 años.

Un segundo problema de esta iniciativa es que transpira una notoria nostalgia por un estilo de hacer política cada vez menos efectivo: el de las puertas cerradas, el de la sobremesa en grandes restaurantes, el que era patrimonio de una élite. Puede haber muchas cosas que criticar al obradorismo en el gobierno, pero uno de los cambios indudablemente positivos de su irrupción ha sido la inclusión de las mayorías (quizá más en el discurso y los símbolos que en la práctica, pero esa es harina de otro costal). Son esas mayorías las grandes ausentes de proyectos como el Colectivo por México, que dan la impresión de ser un acto de solipsismo desfasado. Paradójicamente, son esas mayorías a las que deberían tratar de hablarles para ganar elecciones.

En tercer lugar, hay que hablar de su postura. Como se ha dicho ya en la prensa, es difícil criticar la polarización actual y reinventarse como un espacio neutral cuando quienes lo hacen han sido, hasta hace dos días, protagonistas del conflicto. Igual de problemático resulta presentarse como sociedad civil cuando quien habla es el viejo tripartito de la transición (más Movimiento Ciudadano). Me detengo un poco en este punto. Aunque fue muy utilizado durante finales del siglo XX, lo cierto es que, en México, el discurso de la sociedad civil nunca llegó a tener una gran representatividad más allá de ciertas élites ni conectó con los sectores populares. En el país posterior a 2018, donde el sujeto político por excelencia ha dejado de ser ese ciudadano supuestamente neutral y se recupera la categoría de pueblo como colectivo, llamamientos en este sentido tienen menos eco aún. Hoy un discurso basado en la idea de sociedad civil apartidista sin un ejercicio de autocrítica es absolutamente anacrónico, anclado en una idea de la política y la democracia de otros tiempos.

Queda hablar de su mensaje, centrado en una crítica de la gestión del gobierno de la 4T y en una serie de buenos deseos. Al respecto, está claro cómo buscan distinguirse de sus adversarios, pero lo que aún está por verse es si su proyecto de país es distinto al presentado (y rechazado en las urnas) por sus aliados en 2018 y 2021.

Hay, finalmente, un problema con este tipo de planteamientos, que buscar hacer oposición al gobierno de AMLO en términos estrictamente de política pública, señalando el estado de la economía, la inseguridad o el manejo de la pandemia. En teoría, esto tiene sentido: los mexicanos solemos votar con el bolsillo y temas como la violencia y la corrupción son importantes para los electores. Sin embargo, ocurre que, de acuerdo con investigaciones recientes, la popularidad del presidente López Obrador no es una función de los resultados que entrega. En otras palabras, vivimos en un momento en el que la gente, al mismo tiempo, parece aprobar al presidente a pesar de que reprueben sus resultados. ¿Cómo es eso posible? Una explicación es la existencia de una “aprobación afectiva”, es decir, de un juicio que pasa mucho por lo emocional y la identidad de grupo.

La oposición sigue sin entenderlo. Tampoco parece interesarles mucho. Están ocupados buscándose otro nombre.

Sé el primero en comentar

Déjanos un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.


*