A DOS AÑOS DE GOBIERNO

 

Eduardo de Jesús Castellanos Hernández

 

En materia fiscal y contable la evaluación de las actividades de una persona económicamente activa que paga impuestos o de una organización pública o privada o social -que también paga impuestos- es una evaluación anual, conforme al año calendario. En el caso de las administraciones públicas, tanto en el orden federal como en el estatal y en el municipal, el informe de sus actividades también es anual, aunque no necesariamente conforme al año calendario sino, habitualmente, en fecha posterior a la toma de posesión del titular del cargo, pero con un tiempo suficiente para evaluar los resultados del periodo.

 

En uno y otro caso se trata de un ejercicio de rendición de cuentas; ante el Fisco, por parte de los ciudadanos contribuyentes y, ante sus electores y administrados o gobernados, cuando se trata de los titulares de los diferentes cargos públicos de elección popular. En realidad, el sistema electoral es un macrosistema de control de gestión de las administraciones públicas y cargos legislativos. Más aún a partir de las reformas de 2014 en que reapareció la posibilidad constitucional de la reelección inmediata tanto de los legisladores federales y locales como de los presidentes municipales, síndicos y regidores. 

 

Mientras no hubo la posibilidad de reelección inmediata -aunque sí mediata-, la evaluación beneficiaba o perjudicaba no tanto al titular como al partido político que lo hubiese postulado -aunque luego el partido pudiese echarle la culpa de los errores de gestión, corrupción incluida, al que ya no podía ser reelecto y asegurar que su nuevo candidato era muy bueno-. De tal suerte que este esquema continúa aplicándose tanto al presidente de la república como a los gobernadores de los estados y a la jefa de gobierno de la Ciudad de México, quienes no tienen la posibilidad de ser reelectos. 

 

El intento de ratificación del mandato presidencial a mitad del sexenio, finalmente aprobado para ser aplicado -en caso de darse- pero un poco después, es posible que pudiese ser el preludio de un intento de reforma constitucional para avalar la reelección presidencial. Lo cual se inscribiría en la lógica ya señalada del macrosistema de control de gestión, de no ser porque lo habitual es que la erosión de credibilidad y legitimidad que normalmente genera el ejercicio del poder habrá que ver si resulta aconsejable hacerlo para el actual presidente -aunque teóricamente sea el 3% de los electores de la lista nominal el que lo solicite y, en caso de alcanzarse esta cifra, el Instituto Nacional Electoral el que convoque-.

 

La solicitud de revocación del mandato del presidente de la república solo puede hacerse en una sola ocasión, en los tres meses después de haber cumplido tres años en el cargo el que esté dispuesto a someterse a dicha evaluación. Así es que si el presidente López Obrador quiere entrarle al toro -y hasta el momento todo parece indicar que le sobran ganas-, pues ya estaremos viendo que esto suceda por primera vez en la historia del presidencialismo mexicano. Aunque no deben hacerse muchas ilusiones quienes quieran ver esto, puesto que -como ya ha dado numerosas pruebas- el presidente cambia de opinión de un sentido al extremo opuesto, sin mayor problema, conforme a las circunstancias y, pues, de cualquier forma, sus partidarios le aprueban y aplauden.

 

El caso es que este 30 de noviembre el presidente López Obrador cumple, formalmente, dos años en el cargo. Digo formalmente porque si bien tomó posesión un 1º de diciembre, lo cierto es que empezó a tomar decisiones gubernamentales y a anunciarlas o ponerlas en práctica desde la noche del día que ganó la elección presidencial. Como esto es algo de todos sabido no me parece necesario entrar en detalles más que para efecto de la evaluación y control de gestión de la forma en que he venido platicando.

 

Un artículo periodístico no es el espacio idóneo para entrar a hacer cuentas muy precisas -lo que no quiere decir que no me gusten o que no las haga, pues es lo que habitualmente realizo en revistas universitarias que permiten un mayor número de páginas, así como en mis libros-, así es que esta vez me conformo con evaluar a partir de la percepción que yo mismo percibo a partir de la lectura de la prensa, de los programas de radio y televisión, de las redes sociales a que me conecto y, desde luego, de las consabidas “mañaneras” y lo que se comenta y sucede a partir de ellas. Se trata, pues, de una doble subjetividad -la que perciben aquellos a quienes leo o escucho y la que yo percibo de éstos-, lo que de manera muy elegante se llama ejercicios de opinión pública, pues se vería poco correcto decir suma de subjetividades.

 

Como sucede en los partidos de futbol o de beisbol o de cualquier otro deporte, los aficionados evalúan no solo el resultado del partido sino su desarrollo dependiendo del equipo que sea el de su preferencia y el grado de su adhesión. Encontramos entonces expresiones como las de aquellos que reconocen la derrota, aunque la justifiquen diciendo que su equipo favorito jugó muy bien y estuvo a punto de ganar. O, más aún, afirmando que sin duda ganó pero que le “robaron” el resultado del partido. Lo mismo sucede en política, como lo estamos viendo en la reciente elección presidencial en los Estados Unidos, donde ahora resulta que el 70% de los electores republicanos están convencidos de que el triunfador, Joe Biden, ganó con fraude -aunque haya recibido seis millones de votos más que Donald Trump y más de 300 votos electorales de los 270 que necesitaba para ganar, pues es una elección indirecta (por cierto, exactamente el mismo número de votos electorales con el que Trump le ganó a Hillary Clinton)-. Se trata, sin duda, de una película que ya vimos en México, en 2006, donde el candidato presidencial perdedor mantiene hasta la fecha la convicción de que ganó y, ahora que en efecto ganó, trata a toda costa de probar su hipótesis.

 

Como ya dije que no hay espacio para entrar ahora y aquí a comparativos de hechos, cifras y resultados de este gobierno y los anteriores, tengo que continuar con las percepciones. La primera es que, en efecto -como él mismo afirmó-, la pandemia le vino como anillo al dedo al presidente López Obrador. Así es que sus partidarios justificarán todos los errores e insuficiencias que se le puedan achacar como consecuencia de la pandemia, a la que agregarán la otra habitual -esgrimida por el propio presidente- de que los gobiernos anteriores -desde Hernán Cortés hasta el presidente inmediato anterior- le dejaron todo de cabeza y pues que no le ha dado tiempo de enderezar el barco -por lo que puede llegar a necesitar otros seis años-.

 

Solamente que si usted perdió la salud y no hubo quien lo atendiera en el hospital público donde antes de alguna manera lo curaban -aunque fuese a gritos y sombrerazos-, o peor aún, si algún familiar suyo falleció por el coronavirus -las cifras oficiales llevan más de cien mil muertos y las extraoficiales (comparando el aumento de muertes habituales cada año y su incremente este 2020) dicen que es el triple-, pues a lo mejor no ande muy satisfecho sobre la gestión de los servicios públicos de salud que, como ha quedado claro, funcionan conforme a los lineamientos del gobierno federal, con las medicinas que éste compra y con las autorizaciones -de todo tipo y donde sea necesario- que otorga a los gobiernos locales y a los particulares que tienen hospitales, consultorios y farmacias -pues ya desde antes tenemos un sistema federal convenientemente centralizado y que ahora se centraliza más-.

 

Ahora que si usted perdió el empleo o tuvo que cerrar su negocio industrial o comercial -grande o pequeño-, sin haber recibido ningún tipo de apoyo o exención por parte del gobierno federal, pues a lo mejor tampoco ha de estar muy contento. Así es que todo depende del cristal con que se mira. De tal forma que, si ahora van más muertos de manera violenta que en cualquiera de los gobiernos anteriores, pues puede ser que sea un dato que a usted le interese mucho o al que no le dé la menor importancia. Y lo mismo sucede con todos y cada uno de los temas de la agenda nacional: el aeropuerto cancelado, el aeropuerto en construcción, el combate a la corrupción, las reformas constitucionales y legales, los superdelegados, los programas sociales sin regulación, las inundaciones en Tabasco y todo lo que usted quiera o se le ocurra.

 

Como consecuencia de todo lo anterior, a su segundo año de gobierno la evaluación del presidente López Obrador puede ser muy favorable o muy desfavorable dependiendo de cómo le haya ido a usted con la nueva forma de gobierno, las políticas públicas puestas en marcha y las que dejaron de llevarse a cabo. Esto quiere decir que usted pudo haber votado por él porque le caía muy bien por todo lo que ofreció que iba a hacer o a dejar de hacer, pero sólo usted sabe en su circunstancia personal si es que lo que hizo o dejó de hacer durante estos dos años y meses que lleva gobernando fue bueno para usted o no. Lo único que no creo que pueda suceder es que si usted ha constatado en su situación personal, familiar, laboral, empresarial o colectiva que esa forma de gobernar le conviene o le trajo beneficios a usted y su entorno lo evalúe mal, y viceversa, es decir, que si ha notado perjuicios lo evalúe favorablemente. Me parece que ésta es la forma más objetiva de evaluar y no a través de lo que digan las encuestas que al final de cuentas resultan “cuchareadas” -aunque los “encuestólogos” siempre tengan alguna justificación pertinente cuando sus predicciones fallen-.

 

Solamente que este segundo año de gobierno del presidente López Obrador la evaluación no pasará de lo que digan los “comentócratas y opinólogos” de los que me honro en formar parte -como lo acredita este artículo-. Será hasta el año que entra cuando usted y yo y otros como sesenta y tantos millones de mexicanos iremos a votar para elegir, entre otros cargos, diputados federales -que son los que le autorizan al presidente el dinero que gasta y los que le revisan las cuentas, además de aprobar o modificar o desechar las leyes que les presenta como iniciativa (cosa que también hacen los senadores, pero no así con el presupuesto ni la cuenta pública, pero que son electos cada seis años)-.

 

Así es que lo bueno viene para el año que entra y los resultados electorales, se supone, no podrán estar “cuchareados” -claro que si surge alguna sospecha de que sí lo sean no dejaré de comentarlo aquí y en otras partes-. Solamente habrá que estar muy conscientes que, si la mayoría de los electores vota por el partido del presidente, no solo le facilitará aprobaciones y revisiones de cuentas en la Cámara de Diputados -“haigan sido como haigan sido hechas”-, sino que además lo pondrá en ruta para alentar a su partido y partidarios para que -lueguito después- soliciten la ratificación del mandato  que, si la gana, lo montará en caballo de hacienda rumbo a la reelección presidencial.

 

Ciudad de México, 30 de noviembre de 2020.

Eduardo de Jesús Castellanos Hernández.

Profesor e Investigador. Investigador Nacional, Nivel I. Miembro del Registro CONACYT de Evaluadores Acreditados, Área 5. Económicas y Sociales.

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