La Guelaguetza nunca ha pertenecido a un gobierno, ha sobrevivido a sexenios, colores y generaciones porque no es una estrategia de comunicación, ES EL CORAZÓN CULTURAL DE NUESTRO ESTADO.
Por eso resulta preocupante que la edición 2026 no sea recordada por la grandeza de nuestra fiesta, sino por la suma de errores políticos que terminaron eclipsándola; eso pasa cuando un gobierno convierte una celebración en un escaparate personal, deja de promover a Oaxaca para comenzar a promoverse a sí mismo y esa diferencia, aunque parezca sutil, termina costando muy cara.
Durante semanas vimos una estrategia oficial enfocada en proyectar la imagen del gobierno más que en fortalecer la experiencia de quienes hacen posible la Guelaguetza: artesanos, hoteleros, restauranteros, músicos, comerciantes y miles de familias que viven del turismo. La organización fue cuestionada desde distintos frentes. Eventos con problemas logísticos, decisiones improvisadas y una percepción creciente de que la prioridad no era que Oaxaca brillara, sino que brillaran quienes hoy ocupan el poder.
Mientras tanto, las imágenes y testimonios del acarreo de personas con el fin de llenar lugares para eventos oficiales, alimentaron una discusión inevitable: cuando un gobierno necesita demostrar respaldo ¿estamos viendo entusiasmo ciudadano o una puesta en escena? Esa pregunta, por sí sola, habla de un problema de credibilidad que ninguna campaña publicitaria puede resolver. Pero el golpe más duro llegó cuando Oaxaca dejó de hablar de su máxima fiesta para hablar de violencia.
El asesinato del periodista Alejandro Leyva cambió el ánimo del estado y colocó al gobierno frente a una prueba que va mucho más allá de la seguridad pública: la capacidad para conducir una crisis con sensibilidad, prudencia y autoridad. Las primeras reacciones oficiales dejaron más dudas que certezas, en momentos así, la sociedad esperaba empatía, claridad y confianza; espera un gobierno consciente de la gravedad del momento, capaz de entender que cuando asesinan a un periodista no solo está en juego una investigación, también está en juego la confianza en las instituciones y la percepción de libertad para ejercer la crítica. Una crisis mal comunicada siempre termina siendo una crisis más grande y eso fue precisamente lo que ocurrió.
Lo que debió ser una semana para mostrar al mundo la riqueza cultural de Oaxaca, terminó marcada por cuestionamientos sobre la organización gubernamental, la conducción política y la respuesta institucional frente a uno de los hechos más dolorosos de los últimos años. La Guelaguetza seguirá existiendo porque pertenece a los pueblos de Oaxaca, no a quienes circunstancialmente gobiernan.
Nos debe quedar muy claro una cosa: Los gobiernos pasan, pero nuestra cultura permanece. Justamente por eso, quienes tienen hoy la responsabilidad de gobernar deberían entender que administrar la Guelaguetza implica mucho más que organizar eventos, significa cuidar el prestigio de Oaxaca, proteger su principal ventana al mundo y estar a la altura cuando las circunstancias exigen liderazgo.
Porque una fiesta tan grande no merece quedar opacada por los errores de un gobierno y Oaxaca merece mucho más que propaganda cuando lo que necesita es rumbo.

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