El banquillo de la soberbia: Lecciones de inteligencia y humildad en la cancha aplicable en la política y en el ejercicio del poder

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Alfredo MARTÍNEZ DE AGUILAR

* El Mundial nos recuerda cada cuatro años una verdad que los gobernantes suelen olvidar en la embriaguez y locura provocada por el fugaz poder: los imperios más consolidados pueden desmoronarse por un solo gol como ocurrió con Argentina y Messi.

* Nadie triunfa completamente solo. La vida pública y el ejercicio del poder deberían aprender esa lección. Gobernar no consiste en construir cultos a la personalidad, sino instituciones sólidas capaces de funcionar más allá de quien ocupe temporalmente el poder.

 

En el fútbol, como en la política, no hay ventaja eterna ni territorio blindado. El Mundial nos recuerda cada cuatro años una verdad que los gobernantes suelen olvidar en la embriaguez y locura del poder: los imperios más consolidados pueden desmoronarse por un solo gol. En el tablero público, ese gol de último minuto suele llamarse error de cálculo, un escándalo inesperado o la simple pérdida de sintonía con la realidad.

 

Cuando la soberbia se sienta en el banquillo y se convierte en la principal consejera de un equipo —o de un gobernante—, el fracaso está prácticamente firmado. Creer que el rival es pequeño, subestimar la estrategia del contrario o asumir que el aplauso de la tribuna durará para siempre es la receta perfecta para la derrota. 

 

La historia mundialista está llena de gigantes que llegaron sintiéndose invencibles y terminaron empacando las maletas en la primera ronda, rebasados por delegaciones que, con disciplina y humildad, supieron leer los tiempos del partido.

 

La gran lección de la cancha es fulminante: siempre habrá alguien mejor. El talento no es patrimonio exclusivo de nadie, y las tácticas que ayer dieron la victoria hoy resultan obsoletas si no se renuevan.

 

A esto se suma una ley de vida ineludible: el relevo generacional. Los directores técnicos que se empeñan en alinear a las mismas viejas glorias, desgastadas y sin el ritmo que exige la época actual, terminan perdiendo el control del juego. La vitalidad, las nuevas ideas y el hambre de triunfo de las nuevas generaciones no son una amenaza, sino la única garantía de supervivencia para cualquier proyecto a largo plazo.

 

Quienes hoy operan en la política harían bien en mirar más el césped y menos el espejo. La soberbia nubla la vista, impide ver los cambios en la alineación del adversario y hace olvidar que, al final del día, el silbatazo final siempre llega. Ganar o perder por un gol es la delgada línea que separa la gloria del olvido; mantener los pies en la tierra y abrir paso a los nuevos jugadores es lo único que evita quedar fuera del torneo antes de tiempo.

 

Antes que exhibir el talento de unos cuantos, el Mundial volvió a demostrar una verdad tan antigua como la competencia misma: en el futbol, como en la vida, la distancia entre la gloria y el fracaso puede medirse por un solo gol. Un instante de inspiración, un error defensivo, una decisión equivocada o un exceso de confianza bastan para cambiar la historia. Esa es, quizá, la mayor lección que deja cada Copa del Mundo.

 

No existe victoria definitiva ni derrota eterna. El campeón de ayer puede ser eliminado mañana. El gigante que parecía invencible termina de rodillas frente a un rival que llegó sin reflectores, pero con disciplina, humildad y hambre de triunfo. En ese escenario, la soberbia siempre resulta la peor consejera.

 

La historia del futbol está llena de equipos que confundieron prestigio con invulnerabilidad. Llegaron convencidos de que el nombre en la camiseta bastaba para intimidar al adversario. Descubrieron demasiado tarde que los partidos no se ganan con la historia, sino con el esfuerzo de noventa minutos. El marcador jamás reconoce apellidos ilustres ni títulos pasados; únicamente premia a quien juega mejor ese día.

 

Lo mismo ocurre en la política, en la empresa, en las instituciones y en la vida cotidiana. Quien se convence de que nadie puede disputarle el liderazgo comienza, en realidad, el camino hacia su decadencia. La arrogancia nubla el juicio impide escuchar las críticas, desprecia los consejos y hace creer que los errores propios siempre son culpa de los demás.

 

El Mundial también dejó otra enseñanza irrefutable: siempre habrá alguien mejor preparado, más rápido, más joven o más inteligente dispuesto a ocupar nuestro lugar. Ningún liderazgo es eterno. Ninguna generación permanece para siempre en la cima. Hoy, aquí y ahora, es el tiempo y espacio de nuestros hijos y de nuestros nietos. ¡Apoyémosles!

 

El relevo generacional no constituye una amenaza; representa la ley natural de la competencia. Los grandes futbolistas que durante más de una década dominaron el escenario mundial terminaron entregando la estafeta a una nueva generación que juega con otra velocidad, otra mentalidad y otras herramientas. El cambio puede doler, pero resulta inevitable.

 

Las personas y organizaciones que entienden esa realidad forman nuevos cuadros, preparan sucesores y transmiten experiencia. Las que se aferran al pasado terminan envejeciendo junto con sus dirigentes. En política sucede exactamente lo mismo. Los partidos que bloquean el ascenso de nuevos liderazgos acaban siendo víctimas de su propia resistencia al cambio. Confunden continuidad con inmovilidad y estabilidad con estancamiento.

 

Otra enseñanza del futbol mundial consiste en recordar que el éxito nunca es obra exclusiva de una figura individual. Los campeonatos los ganan los equipos, no los egos. El goleador necesita quien recupere el balón; el portero requiere una defensa disciplinada; el director técnico depende de que los jugadores ejecuten correctamente su estrategia. 

 

Nadie triunfa completamente solo. La vida pública debería aprender esa lección. Gobernar no consiste en construir cultos a la personalidad, sino instituciones sólidas capaces de funcionar más allá de quien ocupe temporalmente el poder. Cuando un proyecto depende exclusivamente del carisma de una persona, su fragilidad queda expuesta en cuanto aparecen las dificultades.

 

Pero quizá la lección más profunda sea la que ofrece el marcador final. En ocasiones basta un gol para conquistar la inmortalidad deportiva o para regresar a casa con las manos vacías. Un detalle decide años de preparación. Esa realidad obliga a valorar cada decisión, cada esfuerzo y cada oportunidad.

 

También ocurre así fuera de la cancha. Una palabra imprudente puede destruir una carrera política; una decisión responsable puede salvar una institución; un acto de honestidad puede cambiar una vida; un momento de corrupción puede condenar toda una trayectoria. Los grandes desenlaces suelen depender de pequeños momentos.

 

Por eso el Mundial trasciende el deporte. Funciona como un espejo de la condición humana. Enseña que el talento sin disciplina resulta insuficiente; que la experiencia sin renovación conduce al fracaso; que el éxito sin humildad termina convirtiéndose en derrota; y que ningún triunfo autoriza a menospreciar al adversario.

 

En el futbol, como en la vida, se gana o se pierde por un gol. Pero ese gol casi nunca nace de la casualidad. Es el resultado del trabajo silencioso, de la preparación constante, de la capacidad para aprender de los errores y, sobre todo, de la humildad para reconocer que siempre existirá alguien dispuesto a superarnos.

 

Esa es la auténtica lección del Mundial: los campeones no son quienes jamás pierden, sino quienes entienden que la soberbia siempre será mala consejera y que la verdadera grandeza consiste en seguir aprendiendo incluso después de haber alcanzado la cima.

 

alfredo_daguilar@hotmail.com

director@revista-mujeres.com

@efektoaguila

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