
LA X EN LA FRENTE
Moisés MOLINA*
Ahora que se pusieron de moda los libros de texto gratuitos, quiero contarles una historia que tiene que ver con su inventor, Don Jaime Torres Bodet, a propósito de la definición de Democracia que México propuso al mundo.
La democracia se ha convertido en el régimen político de prácticamente todos los países civilizados.
Por ello es común encontrar el vocablo en el seno de las Constituciones.
Algunas naciones incluso utilizan el apelativo en su propio nombre generalmente bajo la denominación de “repúblicas democráticas”, aunque algunas de ellas no sean precisamente ejemplo de los valores que definen a la democracia, esencialmente la igualdad y la libertad.
Pero el caso de México es particular y hoy pretendo clarificar por escrito algunas dudas (y apaciguar -escribiendo- cierto malestar) que me acompañaron algunos años de mi juventud en torno a esta cuestión.
“Democracia” ha sido, desde que tengo uso de razón, una palabra omnipresente en el discurso público.
La usamos indiscriminadamente suponiendo o dejando por sentados sus contornos y su esencia. La usamos cotidianamente de tal forma que la hemos convertido en un cliché.
Pero ¿qué es la democracia?
Al margen de cualquier Teoría de la Democracia, a mí siempre me había inquietado la necesidad de saber qué era la democracia en México.
Buscaba yo en aquellos años – si se me permite la expresión- una definición institucional de la democracia para México.
No la encontraba yo por ningún lado y la única referencia del articulo 3º Constitucional me parecía inadecuada más que insuficiente.
Es una definición poética:
“… considerando a la democracia no solamente como una estructura jurídica y un régimen político, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo”.
Mi inconformidad principal era por qué algo tan importante como la democracia se definía en un artículo que tenia que ver con la educación.
Y sobre todo por qué estaba dicha definición escondida en una fracción.
Hoy entiendo que fue gracias a una reforma constitucional en materia educativa propuesta en 1946 por Manuel Ávila Camacho, que se hizo necesario “clarificar” por qué una de las nuevas orientaciones (sino es que la principal) de la educación era la democrática.
Hasta ese año el texto constitucional decía expresamente que la educación era socialista.
En adelante, la constitución (casi por oposición) tenía que ser democrática y científica, alejada del dogma y orientada a que los mexicanos de entonces y de ahora tuviéramos oportunidad de vivir mejor.
La iniciativa presidencial fue encargada a Jaime Torres Bodet, un abogado que la historia justipreció más como poeta de la generación de “los contemporáneos”, pero que además fue un gran diplomático, secretario de educación y director general de la UNESCO.
Pero curiosamente no fue de Don Jaime la definición de Democracia que a la postre se incorporó en el artículo, sino de otro mexicano eminente, Vicente Lombardo Toledano.
El mismo Torres Bodet lo reconoce en un artículo escrito el 28 de diciembre de 1946 que aparece en sus memorias en “Años contra el Tiempo”.
Y es que la Democracia, antes que con cualquier otra cosa, tiene que ver con la educación formadora y potenciadora de todas las capacidades del ser humano para construir su propio destino personal y colectivo.
Y las nuevas rutas en la exploración de la democracia tienen que ver con ello: la democracia deliberativa y la democracia epistémica.
La calidad de nuestra democracia ira siempre en proporción directa con la calidad de nuestra educación.
*Magistrado Presidente de la Sala Constitucional y Cuarta Sala Penal del Tribunal Superior de Justicia de Oaxaca

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