KISSINGER, MAO, AMLO: INVESTIGACIÓN, IDEOLOGÍA, PROPAGANDA

Eduardo de Jesús Castellanos Hernández

 

Henry Kissinger, quien tiene noventa y nueve años, hace once años, cuando tenía ochenta y siete, escribió un libro sobre China que es útil recordar ahora que hay nuevas tensiones entre Pekín y Taiwán. Pero, sobre todo, es una lectura que sirve para reflexionar, a la luz de la experiencia mexicana actual -conocida o autodenominada por su autor “Cuarta Transformación de la República”-, sobre la responsabilidad de los líderes nacionales necesariamente insertos en una lógica de poder mundial sustentada en la ideología y la propaganda -y las armas, militares y económicas-; mismas que utilizan para manipular a sus pueblos, dominarlos, alimentar su ego de líderes mesiánicos, perpetuarse en el poder y postergar indefinidamente la solución de los grandes problemas nacionales.

 

El contenido del libro de Kissinger sobre China (título original On China; la traducción al español publicada en México por Penguin Random House, Debolsillo, es de julio de 2019) no solo es un libro académico de primer nivel; tiene 621 páginas de las cuales 50 concentran las que serían notas a pie de página que contienen las referencias bibliográficas de la mayor parte de cuanto se describe, afirma o cita a lo largo de las demás, sin contar otras 24 páginas del índice alfabético. Es, sobre todo, el testimonio de un protagonista central del inicio de las relaciones de su país con China, aunque aparezca publicado simplemente como Ensayo. Todas esas entrevistas diplomáticas transcritas y archivadas son ahora fuente de información para los libros escritos tanto por líderes norteamericanos como chinos.

 

La parte narrativa y analítica del libro contiene una descripción sumarísima de dos mil años de historia de China –“Cuando el siglo XVIII tocaba a su fin, China se encontraba en la cúspide de su grandeza imperial” (pág. 53); “China no sobrevivió cuatro mil años como civilización única y dos milenios como Estado unido manteniéndose pasiva a unas invasiones extranjeras casi incesantes” (pág. 88)-, aunque sin entrar en detalles de cada época y dinastía, sino preferentemente para mostrar o demostrar la lógica imperial de sus distintas élites gobernantes. Parte narrativa y analítica que le sirve para plantear en el epílogo o capítulo final un escenario prospectivo sobre el futuro más conveniente para el desarrollo de las relaciones entre China y los Estados Unidos –“las cuestiones que afectan a todo el planeta, como la proliferación de armas nucleares, el medio ambiente, la seguridad en el campo de la energía y el cambio climático, exigen una colaboración de ámbito mundial” (pág. 535)-.

 

Como es natural, la mayor parte del libro se refiere al periodo posterior al triunfo de la revolución comunista encabezada por Mao Zedong y el operador de su obra de gobierno, Zhou Enlai; obra de gobierno que en una primera etapa estuvo copiada de la experiencia soviética de planificación centralizada y autoritaria. Pero, también, para referir el indispensable apoyo militar soviético protector del nuevo gobierno comunista, hasta que entraron en guerra entre ellos mismos, China y la URSS.

 

El objetivo central del libro es describir las sucesivas encrucijadas de las relaciones internacionales de la China comunista de Mao y sus sucesores con el resto del mundo, en buena medida condicionadas o determinadas incluso por las relaciones de China con el resto del mundo durante los dos siglos anteriores; pero, sobre todo, con los Estados Unidos en el pasado reciente. Esto explica que el libro no incluya una evaluación y condena explícita -aunque en algunos momentos sí implícita- de carácter ideológico y, sobre todo, de las grandes contradicciones y resultados catastróficos de las estrategias del gobierno maoísta, frente a los cuales Kissinger se muestra completamente indulgente. 

 

Esto se explica porque desde la reanudación de las relaciones entre China y Estados Unidos Kissinger siempre ha actuado como un interlocutor, formal o informal, con la representación de su propio gobierno –“En medio de aquellas tensiones, acepté una invitación de las autoridades chinas para visitar Pekín aquel noviembre a fin de sacar mis propias conclusiones. Fue una visita privada de cuya planificación se informó al presidente y al general. Antes de salir hacia China, Scowcroft me informó sobre el estado de nuestras relaciones con este país, un procedimiento que, dada la larga historia de mi implicación con China, habían ido siguiendo casi todas las administraciones” (pág. 436)-.

 

La larga marcha que culmina con el triunfo de la revolución maoísta; el gran salto adelante que en principio es una estrategia de desarrollo industrial y en el fondo una adaptación minuciosa de la lucha por el poder al interior de la nueva élite para afirmar el poder de Mao; la revolución cultural que es otra etapa de la misma lucha por mantener el poder de la élite encabezada por Mao; hasta llegar a la reanudación de la relaciones con Estados Unidos, son una serie de etapas histórico-políticas del régimen maoísta analizadas por Kissinger preferentemente a la luz de la lucha por el poder mundial o de la construcción de un nuevo orden mundial -que en realidad son varios nuevos órdenes mundiales que se van sucediendo-.

 

Indulgente al no haber una condena explícita o una sentencia sumaria; de cualquier forma, los datos son suficientes para establecer éstas. Pues la muerte por hambre de millones de chinos como consecuencia del fracaso del sistema económico de planificación económica centralizada autoritaria, así como las purgas al interior de la élite en el poder chino -una de cuyas víctimas fue el propio Zhou Enlai, aunque formalmente haya permanecido como primer ministro hasta su muerte con honores nacionales-, es natural que no sean condenadas en su libro por su interlocutor permanente y socio en los diseños prospectivos que el lenguaje diplomático encriptado esconde.

 

La lógica de las negociaciones entre las élite norteamericana y china, incluidos los rituales formales entre los diplomáticos interlocutores, sin duda que son toda una enseñanza para los profesionales de la diplomacia, y no solo los profesionales de la diplomacia de ambas superpotencias a quienes está dirigida la enseñanza que pueda derivarse de la lectura del libro.

 

Otra cuestión a tener en cuenta es la función de liderazgo de los dirigentes de ambas superpotencias y de las potencias mundiales y regionales que aparecen y reaparecen a lo largo de un relato cuyo punto culminante se encuentra en las sucesivas visitas en las que participó Kissinger, y no solamente la que encabezó Richard Nixon para reanudar relaciones diplomáticas. Al final del libro hay un superhéroe, se llama Henry Kissinger; quien, además, se da el lujo de impartir lecciones a los diplomáticos de las sucesivas generaciones. Sin duda muchas de ellas vigentes y útiles, sustentadas en las páginas de citas, referencias bibliográficas y documentales.

 

Pero, para mi gusto, lo más importante a rescatar de la lectura es el fracaso absoluto y total del sistema comunista, sea en su versión soviética o en su versión china; obviamente Kissinger no lo refiere así, si acaso solamente en el caso de la Unión Soviética; pero deja claro que la superpotencia económica mundial que ahora es China es gracias a Den Xiaoping y a Jiang Zemin, y al socialismo de mercado. 

 

Por lo que me parece fundamental destacar la constatación del conflicto entre ideología y realidad, entre discurso y políticas públicas o de gobierno o de Estado o como se les quiera llamar. Porque permite constatar la manipulación de las vidas humanas, de millones y millones de personas, que realizan las élites del poder en nombre de una ideología y de su permanencia en el poder, sea entre la propia élite o las élites de los países rivales. El caso de Mao es un ejemplo patético de un dictador presentado hasta la fecha como un héroe por la élite china actual, al que el propio Kissinger se abstiene de denunciar, aunque hay que reconocerle que tiene el cuidado de aportar datos suficientes, y de primera mano, para que otros lo hagan sin dificultad.

 

La autodenominada “Cuarta Transformación de la República” no tiene parangón alguno con la revolución maoísta y sus secuelas para afirmarse en el poder, salvo alguna que otra estrategia de movilización de masas y de culto a la personalidad. Pero lo que importa, si de intentar un parangón se trata -y es justamente lo que trato-, es destacar la responsabilidad ético-política de los dirigentes de un país, de cualquier país, para buscar el bienestar colectivo de sus gobernados, administrados, súbditos o como cada uno de tales dirigentes quiera denominar a sus conciudadanos, por ejemplo, llamarlos “animalitos”, como lo ha hecho AMLO -Castro los llamó “gusanos”-. 

 

Finalmente, Mao es apenas un Fidel Castro asiático y Castro es un dictador asesino cuyo pueblo hasta la fecha vive en hambruna permanente. La diferencia está en que uno mandó matar a unos cuantos miles y el otro es culpable de la muerte de millones de chinos. Aunque, para algunos, Mao al menos podría tener el mérito de reconocer su fracaso económico y buscar las relaciones económicas con Estados Unidos; para lo cual aprovechó la coyuntura de la guerra de Vietnam, como antes lo había hecho con la guerra de Corea, para afirmar su propia hegemonía. Sin embargo, después de esta lectura, queda claro que las relaciones con Estados Unidos era lo único que tenía Mao para neutralizar a la Unión Soviética convertida en su enemigo militar e ideológico -aunque Mao haya tenido que traicionar su propia ideología para mantenerse en el poder-.

 

La evaluación objetiva, lo más objetiva posible, de los alcances y límites, de los logros y de los fracasos de esos estadistas, o simples arribistas ambiciosos de poder, responsables de los resultados de sus respectivos gobiernos, es la sentencia sobre si estuvieron o no a la altura de sus circunstancias, es decir, de las obligaciones de conducción nacional que asumieron. Se trata de una necesidad de evaluación y condena, en su caso, para evitar que continúen sucediendo simulaciones y justificaciones basadas en la ideología y la propaganda.

 

Ciudad de México, 6 de septiembre de 2022.

Eduardo de Jesús Castellanos Hernández.

Profesor e Investigador. Doctor en Derecho por el Instituto Internacional del Derecho y del Estado (México) y doctor en Estudios Políticos por la Universidad de París (Francia); posdoctorado en Control Parlamentario y Políticas Públicas por la Universidad de Alcalá (España) y posdoctorado en Regímenes Políticos Comparados por la Universidad de Colorado, Campus Colorado Springs (EUA); Especialidad en Justicia Electoral por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (México); autor, entre otros, de los libros: Nuevo Derecho Electoral Mexicano (Universidad Nacional Autónoma de México, Editorial Trillas), Análisis Político y Jurídico de la Justicia Electoral en México (Escuela Libre de Derecho de Sinaloa, Editorial Tirant lo Blanch); El Presidencialismo Mexicano en la 4T (Universidad de Xalapa); Crónica de una dictadura esperada (Amazon); El presidencialismo populista autoritario mexicano de hoy: ¿prórroga, reelección o Maximato? (Amazon); coautor de los cuatro tomos de la colección Fiscalización, Transparencia y Rendición de Cuentas (Cámara de Diputados del Congreso de la Unión).

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