JUÁREZ ANTIINDIO

LA X EN LA FRENTE

Moisés MOLINA*

 

Una de las acusaciones que con más insistencia se hacen al Presidente Juárez, para pretender opacar su brillo, es la de que nunca hizo nada por los indígenas.

Vista a la distancia, esta acusación parece no ser menor.

No se entiende cómo un Presidente, el único Presidente indígena que ha tenido nuestra república, no tuvo nunca la intención de ayudar a sus hermanos como sí lo hacen los presidentes y al Presidenta de ahora.

Visto desde este ángulo, Juárez no fue un humanista. Juárez fue un liberal.

Y eso hay que leerlo en clave histórica.

Porque para dimensionar la grandeza de Juárez, de poco sirve leer sus biografías. Hay que leer la historia y entender su contexto.

Pretender ver a Juárez con los lentes del siglo XXI distorsiona la percepción a favor de quienes le quisieran ver exhumado del panteón de la patria. A Juárez hay que verlo con los lentes de su época.

Juárez, como la mayoría de las grandes mentes de su tiempo, fue hijo de la Revolución Francesa que fue, en mas de un sentido, una revolución del mundo.

La Revolución Francesa parió un nuevo mundo centrado en el individuo y sus nuevos valores: la libertad, la igualdad y la propiedad privada.

Hay que recordar que a mediados del siglo XIX México aún se debatía entre la vida y la muerte en su intento por llegar a ser una república soberana.

 Habían transcurrido apenas unos años desde 1821, año de la consumación de nuestra independencia de la Corona española, a la que habíamos estado sometidos tres siglos.

Esa era la principal preocupación, esa era la urgencia, y todos los esfuerzos de Juárez y la brillante generación de la Reforma debían ponerse al servicio de lo urgente por encima de lo deseable.

Por ello si Juárez fue un humanista, lo habrá sido en el sentido que la palabra tenía en ese entonces, no en el de ahora.

El nuevo humanismo mexicano tiene a los pueblos y las comunidades indígenas y el pueblo afromexicano como protagonistas en nuestro camino como comunidad política. Por ello superamos el “indigenismo” que los veía como sujetos de asistencia estatal.

El contexto de Juárez era muy distinto al nuestro. El fin era la república y uno de los medios era la igualdad. No podía existir unidad en la diversidad. México tenía que ser uno solo, y todos los mexicanos iguales.

Don Andrés Henestrosa (juarista de hueso colorado) todavía, en la segunda mitad del siglo XX, compartía la postura que solo muy recientemente decidimos abandonar como Estado y como nación cuando escribió en “La lengua es la Patria”:

“Y una vez mas volví al indio mexicano monolingüe. Hasta en tanto no hable el español será ajeno a su vecino que solo hable el español. Mientras no hablemos todos una lengua común, México estará por hacerse. Y es que el idioma es – dijo Don Miguel de Unamuno – la sangre del espíritu. El idioma es la otra sangre de las venas.”.

Era otro México que por fortuna seguimos superando.

Pero ello es posible porque México existe. Y existe tal como lo conocemos hoy (respetado y reconocido en el mundo) por los esfuerzos de Juárez y su generación que hicieron hasta lo imposible por consolidar lo urgente sobre lo importante: la independencia y la soberanía nacional.

Por eso Juárez no fue antiindio, fue un indio que supo ir por encima de su circunstancia personal y entendió que el eco de sus acciones resonaría muchas generaciones después.

Si hoy somos humanistas, en el sentido moderno y políticamente conveniente del término, es porque Juárez dejó todo hecho para que fuera posible.

*Magistrado Presidente de la Sala Constitucional y Cuarta Sala Penal del Tribunal Superior de Justicia de Oaxaca.

 

 

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