
Las embajadas de un país en otro son cosa seria. Sus edificios son territorios protegidos, con inmunidad diplomática y el núcleo en el que se llevan a cabo las relaciones bilaterales, y en donde se gestionan temas de política, comerciales y culturales entre ambas naciones, además de proteger a sus ciudadanos en el país anfitrión.
El embajador es el representante del jefe de Estado y del país todo. Éste debe tener los conocimientos suficientes tanto académicos como en bases a la experiencia en política internacional y diplomacia, para representar a su nación en el extranjero; debe conocer bien las leyes y la personalidad social, política y cultural del país anfitrión y…
… Lejos de generar conflictos, el embajador está ahí para estimular las buenas relaciones, la amistad y es la voz y la personalidad del país que lo envía. Debe conocer, también, las leyes internacionales que rigen su representación y responsabilidad, así como las del cuerpo diplomático que lo apoya y sus sedes; todo en base, también, a la buena voluntad.
En 2026 México cuenta con ochenta embajadas en el mundo y más de 150 representaciones diplomáticas en total, incluyendo consulados y misiones permanentes. La Ciudad de México alberga 85-87 embajadas residentes; 45 representaciones de organismos internacionales y 2 delegaciones. Más de 83 consulados y oficinas consulares de carrera en distintas ciudades del país, sin contar los consulados honorarios.
Como se ve, esto del mundo diplomático además de ser vasto y necesario, también es un mundo de complicaciones por los diferentes intereses que hay entre naciones, las exigencias de unos a otros y la manera como deben moverse esas diferencias para ubicarlas en el terreno de la diplomacia que es, a fin de cuentas, la expresión directa de los intereses de nuestro país.
Pero no siempre ha ocurrido así.
De pronto lo que fuera uno de los timbres de orgullo mexicano, como fue su política exterior, en la que cabía la responsabilidad de ser un país guía, sobre todo para los países latinoamericanos, los que, cuando ocurrían diferencias tanto políticas, como territoriales, como de intereses económicos o financieros, se dirimían en nuestro territorio, siendo nuestro país el mediador para solucionar las diferencias. Ya no. México ya pasó a un plano lejano como autoridad y ejemplo.
Sobre todo durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, México comenzó a generar diferencias y conflictos con países a los que exigía responsabilidades históricas:
Austria por el Penacho de Moctezuma; el Vaticano por razones de defensa histórica de los indígenas; España porque se le exigía que pidiera perdón por lo ocurrido hace 500 años durante la conquista de este territorio que aún no era México.
En América Latina el gobierno mexicano tuvo controversias con Ecuador, país en el que las relaciones están suspendidas, como con Perú, en defensa del depuesto presidente Pedro Castillo en 2022; como con Argentina –confrontaciones verbales entre López Obrador y el nuevo presidente Javier Milei; con Bolivia, en favor de Evo Morales; así como diferencias con Canadá por lo que consideraron intromisión en el tema de la Reforma Judicial…
La Doctrina Estrada (La autodeterminación de los pueblos y la no intervención en asuntos internos de otras naciones; el respeto a la soberanía…), hoy se ha convertido en retórica y para el discurso barroco por el cual se usa como escudo, pero el gobierno sí se permite opinar e incluso intervenir en asuntos de otros países.
Hoy la política exterior de México está a la baja. Nada de qué presumir y sí mucho que aclarar por la gran cantidad de reproches que recibe del exterior por su política ambivalente y engañosa.
Y sumado a esto, está el nombramiento de embajadores sui generis en países de enorme importancia para México. Muchos de los nuevos nombramientos son políticos que traicionaron sus ideas partidarias, su pasado político y manchan esas sedes en las que se encuentran alojados, o periodistas, asimismo inexpertos, que fueron afines al régimen en turno.
Son funcionarios sin ninguna experiencia diplomática; sin conocimientos de la política exterior de su país y mucho menos de los intereses que habrá de representar y defender. Por supuesto ha habido embajadores y cónsules mexicanos de enorme altura y dignidad y conocimiento y personalidad, pero resulta que hoy mismo no todo es así.
Hay países que por las relaciones políticas, comerciales, estratégicas, de seguridad nacional, cultural y social –migración mexicana-, son de altísima prioridad. Es el caso de la embajada de México en Estados Unidos a la que ya se enunció el cambio de embajador: Esteban Moctezuma deja la sede y la ocupará un personaje con perfil financiero.
La presidente de México hay propuesto al economista Roberto Lazzeri Montaño, quien no cuenta con experiencia diplomática y su trayectoria laboral ha estado relacionada al sector financiero. Apenas se desempeñaba como directivo en Nacional Financiera (Nafin) y en el Banco Nacional de Comercio Exterior (Bancomext).
En Nafin generó controversia pues se dice que, cuando llegó, inmediato realizó un cambio fuerte de personal; despidió a mucha gente y llevó a personas que no tenían experiencia en el trabajo de banca de desarrollo. El tema fue que usó demasiados recursos para mover al personal y contratar a nuevos… (A ver qué cambios realiza cuando llegue a la embajada de México en EUA o si no hay algún impedimento legal como, por ejemplo La Convención de Viena de 1963)
Y de nueva cuenta la historia recurrente hoy: Diplomáticos sin experiencia. Ya se sabe que no es suficiente con llamadas telefónicas de presidente a presidente, sí se requiere un entramado diplomático que favorezca a México y a los mexicanos, no solo al gobierno en turno. Ojalá no resulte contraproducente esta vez, como ocurrió apenas, muy recientemente.

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