
Joel Hernández Santiago
Es vertiginoso el tiempo en el que vivimos. Lo es también la política como ejemplo de inquietud, zozobra y confrontación; la economía como un riesgo y una posibilidad insospechada; el mundo de lo colectivo y lo individual que se desconectan cada día más y un futuro humano cada vez más incierto y al filo de la reivindicación o de la hecatombe…
Todo hoy es de difícil catadura y genera pesimismo. Todo parece incomprensible aunque lo que le ocurre al ser humano sea producto de sus propias decisiones, de su participación, de su acción, o negligencia o abstención. El hecho político rebasa a la ley (“¡No me salgan con que la ley es la ley!”) y leyes que cada vez con más frecuencia imponen comportamiento y obediencia, no derechos, no libertades ni seguridad.
Es verdad que cada etapa histórica, cada periodo en el que se estructura nuestro pasado histórico, han tenido días de tal inquietud e incertidumbre como los que hoy vivimos. Y sí, vivimos días difíciles de entender… pero también días que se pueden vivir porque hay alternativas de solución.
Alternativas son el trabajo libre y soberano para sobrellevar la vida con decoro y dignidad; está la aportación de muchos sabios que desentrañan los secretos de la ciencia y la tecnología en beneficio del ser humano; está el talante de gente que hace de su vida una aportación y una mano extendida para quienes lo necesiten, no como caridad, sí como solidaridad y compañía; está el deporte como ejercicio físico que enaltece cordura, fuerza, inteligencia, sagacidad y arte.
Pero sobre todo hay un elemento, una forma de vida o de entender la vida; un acto o concepto o ejercicio, o una aportación del ser humano que lo enaltece en su espíritu y en su concepción de la vida y la trascendencia de esa vida.
Es la cultura. La que surge del pensamiento y la creatividad del ser humano, ese que ve al mundo y el sentido de la vida con más hondura y que generan, desde esa mirada, reflexión, pensamiento y creación: Lo mejor del mundo y lo mejor de sí mismos. Es el arte, es el artista, es la cultura como acción espiritual y creativa.
Cuando hablamos del recorrido del ser humano a través de la historia, reconocemos esas etapas y esos momentos cruciales por sus expresiones culturales hechas arte: arquitectura, literatura, teatro, danza, cine, pintura, música. En cada una de estas disciplinas se enaltece al ser humano y en cada una de ellas trasciende porque es el fiel retrato de su tiempo y su circunstancia.
Frente a la política que es efímera; frente a la economía que es asimismo inasible y voluble; frente a la novedad de lo digital y cibernético que aísla y genera incomunicación vital, aparece la cultura, como tal, como expresión de arte, y cuando ese arte es excepcional es perenne y es trascendencia.
En el caso mexicano, aun antes de llamarse México, existieron culturas en este territorio que dieron forma a lo que hoy somos en esencia: somos producto de nuestros padres fundadores en lo cultural, somos producto de su idea de la vida y sus formas de asumirla y vivirla.
Del arte prehispánico quedan huellas que nos enorgullecen y causan admiración por su calidad intrínseca. Porque la esencia del hombre o mujer que hicieron esas obras está en cada pieza que trasciende en obras de arte, a veces de tono religioso pero también lúdico: Esculturas en piedra admirables, piezas de barro irrepetibles, pinturas testimoniales, pirámides que quieren alcanzar al sol y que son producto del gran talento arquitectónico y artístico de quienes las construyeron.
Y la literatura prehispánica que tan bien documentaron don Miguel León Portilla como don Ángel María Garibay, en la que se desgrana la espiritualidad y la intensidad del pensamiento de aquellos hombres que miraban de forma culminante al ser humano, a la naturaleza y a la vida.
Y así, en México y en el mundo, las expresiones de arte con el paso de los años generan cultura. Y esa cultura es lo que da sentido y personalidad a nuestros pueblos. Y la aportación de nuestros días a esa trascendencia continua.
Como es el caso de la música, en la que durante siglos se han expresado ideas, mundos, ventanas abiertas para descubrir nuevos horizontes y sentimientos y emociones o pasiones. No es difícil de creer –por ejemplo– que una aportación musical de nuestras generaciones es el Rock, como testimonio de nuestros días y de nuestra forma de verlos y expresarlos.
Y así en general. Porque a fin de cuentas la cultura es un pilar indispensable que moldea la identidad nacional, fomenta la cohesión social y actúa como agente de transformación democrática al promover la participación, el pensamiento crítico y la convivencia pacífica, fortalece el tejido social y crea puentes entre grupos sociales e individuos. Es factor indispensable para el fomento de la democracia, la economía y el bienestar social. Eso es.
De ahí que corresponda a todo gobierno que se precie de valorar la participación social y que genere el vivo retrato de nuestros días, el estimular las arte desde la creación de políticas públicas que entiendan a la cultura como un factor esencial de identidad, personalidad y libertad.
Y de ahí que sea bueno que se haya anunciado apenas que el gobierno federal creará estímulos para el fomento de la producción cinematográfica mexicana. Un financiamiento necesario para la producción de cine mexicano, con técnicos, actores, guionistas, directores… mexicanos. Y por supuesto el estímulo para la producción de cine extranjero en tierra mexicana. Esto es: que se generen fuentes de trabajo mexicano en este sector.
Que sea un estímulo a la creación de ese cine mexicano de calidad, con libertad de expresión y libertad artística. Que el gobierno no meta la cuchara en contenidos pero que sí enaltezca su participación en obras de arte que hereden una visión de nuestros días al futuro. Si es así: Qué bueno.

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